Al salir del restaurante nos dirigimos al hotel para realizar el check in y dejar el equipaje en la habitación. Había tiempo de sobra para acercarnos a la puerta de la agencia para realizar la visita guiada a la ciudad con Irene, que ofrece una introducción clara y bien estructurada a la ciudad, pensada para tener una visión global sin saturar al visitante.
El recorrido combinó casco histórico, principales monumentos y espacios urbanos clave, explicando de forma sencilla por qué Úbeda es Ciudad Patrimonio de la Humanidad. En ella se contextualiza la historia medieval y, sobre todo, el Renacimiento del siglo XVI, conectando edificios, personajes y vida cotidiana sin entrar en excesivo detalle académico.
La experiencia se caracteriza por un ritmo cómodo, explicaciones accesibles y atención a los aspectos humanos y urbanos de la ciudad, no solo a los monumentos. Es una visita pensada tanto para quien conoce Úbeda por primera vez como para quien quiere entenderla de manera ordenada y amena.
Recorrimos de nuevo la Plaza Primero de Mayo, visitamos el Convento e Iglesia de San Miguel, las ruinas de la Iglesia de Santo Tomás y la Plaza de Santa Lucía, desde donde disfrutamos de las vistas del mar de olivos, Sierra Mágina a la derecha, Cazorla al frente.
Debido a la importancia estratégico-defensiva que adquirió la ciudad, se vieron obligados a cercarla, seguramente desde tiempos inmemoriales aunque la muralla que hoy se conserva, se debe, principalmente al siglo X. Sus muros estaban hermosamente almenados y desde ellos, los heraldos y vigías proclamaban a toque de timbales y clarines los acontecimientos más notables. Cada puerta y torre estaba amparada por un caballero y su linaje. En total contaba con nueve puertas, trece si sumamos las del Alcázar. De las que ha día de hoy se conservan, tres principales y alguna secundaria: La Puerta del Losal, la Puerta de Granada y la Puerta de Santa Lucía.
Había llegado el momento de visitar la Sacra Capilla de El Salvador del Mundo, el monumento más emblemático de Úbeda y una de las obras cumbre del Renacimiento español. Concebida como capilla funeraria privada, representa la plena asimilación de los ideales humanistas italianos al contexto castellano del siglo XVI.
El edificio fue mandado construir por Francisco de los Cobos, secretario del emperador Carlos V, como panteón familiar y símbolo duradero de su poder político, cultural y espiritual. En su concepción participaron dos de los grandes arquitectos del Renacimiento andaluz: Diego de Siloé, autor del proyecto inicial, y Andrés de Vandelvira, responsable de su culminación y de algunos de sus espacios más sobresalientes.
El retablo mayor ocupa el eje visual del conjunto. Su rica iconografía refuerza el mensaje redentor del edificio y mantiene una estrecha relación con la estructura arquitectónica, siguiendo el ideal renacentista de integración de las artes.
El tema representado es la Transfiguración de Cristo en el monte Tabor, episodio clave del Nuevo Testamento y de enorme carga simbólica. Cristo aparece elevado, glorioso, como anticipación de la Resurrección, flanqueado originalmente por Moisés y Elías, mientras que abajo se disponen los apóstoles testigos de la visión.
El interior se articula en una sola nave, amplia y perfectamente proporcionada, cubierta por una bóveda que refuerza la sensación de unidad y armonía. Predomina una arquitectura clara, equilibrada y luminosa, donde cada elemento responde a una estricta lógica geométrica. La luz natural, cuidadosamente estudiada, adquiere un valor simbólico al reforzar la idea de trascendencia espiritual.
El grupo central del retablo fue realizado en 1559 por Alonso de Berruguete, una de las figuras más decisivas de la escultura renacentista española. Se trata de una de sus últimas obras documentadas y, también, una de las más ambiciosas desde el punto de vista espiritual y expresivo. Durante la Guerra Civil española, el conjunto escultórico original fue destruido casi en su totalidad, salvándose únicamente la imagen de Cristo. El resto de las figuras fueron reconstruidas en el siglo XX por el escultor Juan Luis Vasallo, siguiendo fielmente la documentación gráfica y descripciones históricas existentes.
Aunque el núcleo escultórico es plenamente renacentista, el retablo actual presenta añadidos barrocos de los siglos XVII y XVIII, que modificaron en parte la concepción original. Entre ellos destaca el gran telón o baldaquino colocado detrás del grupo escultórico, obra del siglo XVIII, que incrementa el efecto teatral y devocional del conjunto. Este diálogo entre Renacimiento y Barroco es visible también en el dorado, la riqueza ornamental y el tratamiento escenográfico, que refuerzan la centralidad visual del retablo dentro del templo.
Uno de los espacios más extraordinarios del monumento es la sacristía, obra maestra de Andrés de Vandelvira. Se trata de una estancia de planta perfectamente calculada, cubierta por una compleja bóveda que demuestra un dominio excepcional de la geometría, la proporción y la técnica constructiva. Su sobriedad formal, unida a la perfección estructural, la sitúa entre los ejemplos más notables de la arquitectura renacentista española.
La capilla se presenta hacia la Plaza Vázquez de Molina con una fachada monumental, concebida como un gran retablo escultórico en piedra. Su composición es rigurosamente clásica, organizada mediante columnas, entablamentos y hornacinas que ordenan una profusa decoración escultórica. El programa iconográfico gira en torno a la Transfiguración de Cristo, advocación del templo, y combina escenas bíblicas, figuras proféticas y símbolos teológicos.
La fachada no es meramente ornamental: funciona como un discurso visual de salvación, gloria y eternidad, alineado con la mentalidad humanista y contrarreformista de su promotor.
La visita al Palacio Vela de los Cobos es una de esas experiencias que permiten entender de forma directa el esplendor renacentista de Úbeda. A diferencia de otros edificios monumentales más institucionales, este palacio mantiene un carácter doméstico, casi íntimo, que ayuda a imaginar cómo fue la vida cotidiana de la alta nobleza ubetense en el siglo XVI.
Desde el exterior, la sobria fachada de piedra, coronada por el escudo familiar, ya marca el tono de elegancia contenida que domina todo el recorrido. Una vez dentro, el patio interior, perfectamente proporcionado y organizado en dos alturas, actúa como eje del palacio, inundando de luz los espacios y mostrando la maestría de la arquitectura renacentista adaptada a una residencia privada.
La visita permite recorrer salones amueblados, estancias nobles y dependencias privadas, muchas de ellas conservadas o recreadas con notable fidelidad. Destacan especialmente la biblioteca, el oratorio y algunas salas decoradas con tapices, pinturas y mobiliario de época, que refuerzan la sensación de estar entrando en una casa vivida más que en un museo al uso. Cada espacio aporta contexto sobre el poder, la cultura y el refinamiento de la familia Vela de los Cobos.
Al salir del palacio decidimos tomar algo antes de regresar al hotel. Fue el momento de degustar los típicos ochíos de Úbeda, uno de los productos más característicos y queridos de la gastronomía tradicional ubetense, muy ligados tanto a la vida cotidiana como a las celebraciones populares. Se trata de un bollo de pan tierno, elaborado con harina de trigo, aceite de oliva virgen extra, pimentón, anís en grano y sal, que le aporta su color anaranjado y su aroma inconfundible. La masa, ligeramente especiada, se hornea en forma redonda y plana, dando como resultado un pan suave por dentro y delicadamente crujiente por fuera. Una de sus señas de identidad es que suelen aparecer rellenos o acompañados de productos sencillos pero muy sabrosos, siendo el más tradicional el chorizo, aunque también son habituales los de morcilla, bacalao o incluso versiones dulces rellenas de chocolate o crema, más modernas. Eso sí, antes pasamos por el número siete de la Calle Melancolía…























































