El 6 de junio de 2021, aprovechando la festividad del Día de la Región de Murcia, decidimos hacer una escapada que nos llevaba rondando la cabeza desde hacía tiempo: visitar Castril, un pequeño pueblo granadino que muchos describen como uno de los más encantadores de la provincia. Llegamos temprano, con la luz suave de la mañana iluminando las casas encaladas y la imponente peña que protege al pueblo desde hace siglos.

Nada más aparcar, nos dirigimos al inicio del Sendero de la Cerrada del Río Castril, una ruta circular corta pero sorprendente que se ha convertido en uno de los grandes atractivos de la zona.
El camino comienza en pleno casco urbano y desciende hasta la antigua central eléctrica, excavada en la roca. A partir de ahí, la naturaleza toma el protagonismo.
Caminamos sobre pasarelas de madera suspendidas en la pared del cañón, cruzamos un puente colgante que añade un toque de emoción y atravesamos un túnel que nos hizo sentir por un momento dentro de una aventura.
El sonido del agua acompañaba cada paso y la sensación de caminar tan cerca del río, casi tocándolo, resultaba estimulante.
La belleza del entorno, unida a la integración perfecta del sendero con el paisaje, hizo que la experiencia fuera inolvidable.
Tras completar la ruta, nos adentramos en el casco urbano de Castril. Declarado Conjunto de Interés Histórico-Artístico en 1982, el pueblo conserva la esencia de su origen árabe en sus callejuelas estrechas, sus casas blancas y sus fachadas adornadas con flores.
Pasear por sus calles es como viajar en el tiempo: arcos, pasadizos, fuentes, miradores y rincones que parecen detenidos en otra época.
La Peña de Castril domina el paisaje y, desde lo alto, el Cristo del Sagrado Corazón vigila el pueblo junto a los restos del castillo árabe de origen almohade, que pasó a manos de los Reyes Católicos en 1488. Subimos hasta la cima, donde las vistas del pueblo, del valle y de las murallas del castillo son sencillamente espectaculares.
La Iglesia de Santa María data del siglo XVI, aunque el coro y la capilla lateral se añadieron en el siglo XIX. Es de estilo renacentista y destacan las Puertas del Sol y de la Lonja por su decoración. Frente a la iglesia se encuentran los Jardines de la Lonja, que además de un rincón de gran belleza y frescor, ofrecen excelentes vistas del río Castril.
Antes de ir a comer, aprovechamos para acercarnos al Embalse del Portillo, cuyas aguas turquesas contrastan de forma sorprendente con el verde de la vegetación y los tonos ocres y rojizos de las montañas. El paisaje es de esos que obligan a detenerse un momento, respirar hondo y simplemente contemplar. Es posible alquilar kayaks para recorrer el embalse desde dentro, pero en nuestro caso nos conformamos con disfrutar de las vistas y del silencio del entorno, que parecía envolverlo todo.
De vuelta al pueblo, hicimos una parada en el centro de visitantes del Parque Natural de la Sierra de Castril, que dispone de una exposición permanente donde se pueden conocer las principales características de este espacio natural protegido como las especies de flora y fauna presentes en estas sierras, haciendo hincapié en el río Castril. También se puede ver una reproducción del esqueleto parcial de mamut encontrado en el Yacimiento de Fuente Nuevas, en Orce.
Nos sorprendió el Museo Saramago. Pocos imaginarían que un Premio Nobel de Literatura celebraría su boda en un lugar tan pequeño, pero así fue. En 2007, José Saramago y Pilar del Río, nacida en Castril, se casaron allí en una ceremonia íntima. El escritor llegó a ser nombrado hijo adoptivo del pueblo y solía pasear por sus calles y alrededores buscando, según sus propias palabras, “la infancia que perdí”. Su vínculo con Castril quedó reflejado incluso en el libro Castril. Visiones de un paisaje, donde colaboró con algunos textos. La visita al museo añadió un toque cultural inesperado y muy especial a la mañana.
Con el estómago ya recordándonos la hora, nos dirigimos al Hostal Restaurante La Fuente, donde disfrutamos de la gastronomía local. Platos caseros, sabores tradicionales y un ambiente acogedor que nos devolvió la energía para continuar la jornada.
Por la tarde nos adentramos en el Parque Natural de la Sierra de Castril para realizar dos rutas más. La primera fue la Cerrada de la Magdalena, situada en pleno Parque Natural. El paisaje cambia aquí: roca caliza, cumbres que superan los dos mil metros como el Pico Empanada, arroyos de aguas cristalinas y antiguos cortijos que recuerdan la vida tradicional de montaña. Es un entorno abrupto y sereno a la vez, donde la naturaleza se conserva de manera excepcional.
La segunda ruta fue la del Nacimiento del Río Castril, un recorrido corto y sencillo de unos tres kilómetros, perfecto para terminar el día sin prisas. El sendero discurre entre fresnos, chopos y sargas, siguiendo el curso del río mientras este excava barrancos y pequeñas cerradas. Es un lugar ideal para los amantes de la fauna: aves sobrevolando el cielo y nutrias que, con un poco de suerte, pueden verse en las riberas. La tranquilidad del entorno y el sonido del agua crearon un final perfecto para la jornada.
Al caer la tarde, emprendimos el camino de vuelta con la sensación de haber descubierto un lugar especial. Castril nos regaló naturaleza vibrante, historia viva, gastronomía local y la serenidad de un pueblo que conserva su identidad sin artificios. Fue un día completo, variado y sorprendente, perfecto para desconectar y disfrutar de uno de los rincones más auténticos de Granada. Una escapada que, sin duda, merece repetirse.
























































